Antes de leer
“Las manos de sal” nació de una imagen persistente: unas manos curtidas que guardaban memoria en sus grietas.
Desde ahí, quise explorar la relación entre generaciones y la herencia silenciosa que recibimos sin darnos cuenta.
El mar y la marisma, con sus ritmos inevitables, me ofrecieron la metáfora perfecta para hablar del tiempo, la pérdida y la transmisión afectiva.
Esta novela es, para mí, un homenaje a quienes educan desde la paciencia y al territorio que sostiene sus vidas.
