No hay noche sin nombre

Antes de leer

Este relato nació de la necesidad de no callar, pero también de un anhelo más profundo: comprender. No tengo respuestas sobre lo que ocurre en Gaza. No poseo soluciones, ni certezas, ni cifras. Pero sí tengo palabras. Y con ellas, una esperanza: que la ternura, incluso en los territorios más desgarrados, aún es posible. Que escuchar y nombrar al otro —incluso sin conocerlo— ya es una forma de cuidado.

Escribí esta historia con el corazón encogido y los ojos muy abiertos. Escuché testimonios, contemplé imágenes, leí hasta quedarme sin aliento. Y en todo ello no hallé solo horror: encontré también gestos mínimos, destellos humanos en su forma más pura. Una madre que no se rinde. Un niño que canta. Un cuaderno que resiste al olvido.

Empieza el viaje

En los márgenes del mundo visible, donde las cifras sepultan los nombres y los escombros sepultan hospitales, una joven escribe. No tiene respuestas, ni certezas, ni escudos. Solo palabras.

No hay noche sin nombre es el cuaderno de Layla, voluntaria en una clínica de campaña en Gaza. Entre lonas, polvo y heridos, recoge los fragmentos de humanidad que aún resisten. A través de sus anotaciones —íntimas, vulnerables, tenaces— descubrimos que el cuidado, la memoria y la ternura pueden ser actos de resistencia.

Este relato no pretende explicar una guerra ni resolver un conflicto: quiere mirar, nombrar, abrazar lo invisible. Porque incluso cuando todo se derrumba, hay gestos que sostienen la vida.

Un testimonio literario desgarrador y luminoso que nos recuerda que escribir puede ser una forma de no dejar morir del todo.